La casa de los pájaros

Con mucho entusiasmo, me hizo pasar a su nueva casa para charlar. Se notaba que estaba construida con fragmentos de habitaciones que se fueron anexando gradualmente. Los desniveles en las baldosas del piso y entre las paredes, evidenciaban la superposición de los ambientes, conectados en muchos casos por pasillos que a lo sumo, serían de un metro, metro y medio. El living tenía un revestimiento de madera oscura y ventanas muy pequeñas, como incrustadas de manera violenta sobre el grosor de una pared diseñada para un pueblo de montaña. Me detuve en la infinidad de adornos, mantillas tejidas y cuadros de diferentes tamaños. Tras una cortina fina y transparente, se accedía al comedor, y extrañamente, todo lo que estaba dentro tenía forma de pájaro, incluso en sus terminaciones. Los mangos de los tenedores eran amarillos y se asemejaban a los canarios, con picos y alas pequeñitas. Los cuchillos grandes, de color oscuro, llevaban forma de cuervo. El mantel de la mesa estaba repleto de colibríes, mientras que los muebles, tenían en sus esquinas puntas abiertas, como picos anaranjados de alguna especie de ave hambrienta. Una pequeña escalerita de ladrillos, daba ingreso a la terraza, por la cual finalmente salimos.
Me agobiaba carga, de la profunda tristeza que acarreábamos. Caminó unos pasos hacia la baranda y empezó a llorar como una criatura. No llorés, le dije. Yo también estoy roto.

Antes del viaje

Los días previos al viaje, recibí por WhatsApp un mensaje que decía: «Estoy leyendo Cortázar. Encontré una descripción que bien resume mucho de lo que hacemos nosotros dos en los encuentros de los fines de semana. Que tengas lindo día».

Sonreí. Pensé en lo mucho que nos gustaba el alcohol y que esa coincidencia hacía muy especial el hecho de quedar a solas después de las fiestas. Incluiría algo de la pérdida de memoria y profundas resacas en las mañanas. Por lo demás, fue de los mejores regalos que he recibido el último tiempo.