Quereme, tengo frío

A la hora de servir la mesa, todos sienten que esa ausencia se hace latente y aunque el olor al asado en su punto justo insista en levantar las sonrisas, hay algo del silencio que se arropa con mucho de nostalgia. Presiento la tristeza de todos, incluida la mía. Entonces desempolvo mis poses sobreactuadas de liviandad y plenitud, para que nada de lo evidente tome forma discursiva.

No pienso dar voz a lo que intuyo sobre las miradas del resto. Prefiero optar por la música y los sonidos del campo. Subo el volumen al parlante y hago chistes con el vapor que sale de mi boca, producto de la niebla, que a pesar de que el día le pisa los talones, insiste en quedarse. Adentro hace todavía más frío, entonces decidimos armar afuera la mesa y servir allí la comida.

Me prestan una frazadita, una pashmina roja. Miro el cielo para calentarme y pienso en ese tema de Marilina Ross, «Quereme, tengo frío».

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