El resguardo de su conciencia

Creer en alguien es llegar a tu casa cansado después de un día y una tarde agotadora de tensiones laborales, fingir una sonrisa y prestarle atención para preguntarle cómo se siente y como estuvo su día. Es sugerirle terapia cuando ves que su cara tiene perspectiva de angustia hace mucho tiempo. Darle un consejo de aliento o dedicarle horas a su dolor mientras lamen juntos sus propias heridas, sabiendo además, que jamás nunca usarías eso en su contra o que se lo tirarías en alguna pelea futura por la cabeza. Jamás de los jamases.

Creer en alguien, es que el cuerpo no te de más, ni la vista ni la mente siquiera, pero basta con un solo pedido suyo para que te pongas a leerle, explicarle o ayudarle con su propio trabajo, intelectual o manual, dependiendo la circunstancia. Es levantarte a las seis de la mañana sin ganas, sólo para prepararle una viandita, unas galletitas en un tupper o cebar un mate calentito en invierno, de esos que reparan el alma cansada. Es pagar durante años vos solo el alquiler, la luz, el gas, el cable, el internet, la plataforma digital de contenidos, cada uno de los comestibles e incluso parte de su vestuario personal, a sabiendas que mucho de lo que hace al gasto propio se reduce a la mitad, dado que el otro o la otra no tiene para contribuir en el mantenimiento de la diaria. También es desdibujar su faceta más horrenda y disfrazarla ante el resto del mundo, sólo para recubrir esa parte gris, más oscura y narcisista que hace de esa persona alguien que muchas veces desconocemos.

Y quizás el tiempo te demuestra que todo lo que entregaste, para ese otro u otra nunca existió. Las horas de acompañar, sentir, cuidar, proteger y defender… para que luego esa persona, utilizando los medios que le brindaste, decide darte una puñalada esgrimiendo como justificación un capricho egoísta.

Basura se junta a diario, el tema es que a pesar de la existencia de la misma, nunca dejemos de creer, porque lo que damos nos sigue llenando de buenaventura. Y los que quitan, engañan y carecen de sentido de agradecimiento, tienen el buen resguardo de su conciencia.

Quereme, tengo frío

A la hora de servir la mesa, todos sienten que esa ausencia se hace latente y aunque el olor al asado en su punto justo insista en levantar las sonrisas, hay algo del silencio que se arropa con mucho de nostalgia. Presiento la tristeza de todos, incluida la mía. Entonces desempolvo mis poses sobreactuadas de liviandad y plenitud, para que nada de lo evidente tome forma discursiva.

No pienso dar voz a lo que intuyo sobre las miradas del resto. Prefiero optar por la música y los sonidos del campo. Subo el volumen al parlante y hago chistes con el vapor que sale de mi boca, producto de la niebla, que a pesar de que el día le pisa los talones, insiste en quedarse. Adentro hace todavía más frío, entonces decidimos armar afuera la mesa y servir allí la comida.

Me prestan una frazadita, una pashmina roja. Miro el cielo para calentarme y pienso en ese tema de Marilina Ross, «Quereme, tengo frío».