Dulce goce

Con sus manos enormes sometía a la presa mientras le tiraba encima la presión de todo el peso del cuerpo, inmovilizando todo el animal con las piernas. No tenía escape, aunque atinaba a morder uno de los dedos gordos, a los que con suerte le asestaba una mordida sutil que lograba sacarle al macho unos gotas de sangre calentita, con las cuales se enchastraba la boca, también lastimada.  

En el arte de someter, nadie mejor que él. Haciendo gala de una estirpe de campo, llevaba consigo la mejor mezcla de varias generaciones. Sobre la alfombra de tierra, se disponía a saciarse salvajemente con ese trozo de carne. Cada falange entumecida por la fuerza, en pos de sostener la mandíbula entreabierta e inmovilizada.  

 De tanta presionar, las costillas del hombre se hundían sobre el lomo de la presa, que a pesar del sometimiento no dejó nunca de luchar por liberarse, con la intrepidez que produce la desesperación de saberse el sacrificio en el acto ritual.

La saliva parece ser algo en común en ambos, que entre jadeos y ritmos lentos se disponían a la celebración del punto límite, cuando el arma pasa a ser enterrada con fuerza. Y es así, como de un solo golpe mete el enorme palo, que atraviesa y desgarra la carne, produciendo el dulce goce.

Un par de ojos merodean la escena y escuchan los últimos gemidos, en silencio.

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