Palabras mágicas

Zona pura
Perfección
Florecer mirándote a los ojos, perfección
Florecer los dos, florecer

(Soda Stéreo, 1992)

Un hilo de baba une ambas historias de vida y las entremezcla haciéndolas difusas. Los movimientos se dan naturalmente, como cuando el mar golpea con fuerza contra las piedras y salpica a los transeúntes de la rambla.

Soltarse, dejarse llevar por lo que digan los astros respecto de los elementos: el fuego y el agua como mixtura, como líquido caliente que se vierte sobre un cuerpo o dentro de él. Así, con las manos abiertas cual garra de pájaro, hundiendo las uñas de forma intensa hasta agujerear el colchón.

Los dientes marcados en la espalda y el ardor en los labios de la boca que pide más, mucha más saliva. Y esto es apenas el paso previo a la emisión de las palabras mágicas, esas que transmutan la carne en existencia profunda y sensible.

Unos dedos resisten la tentación pero otros no. Entonces la respiración se escucha entrecortada y el aire se percibe asfixiante, porque afuera el otoño se hace desear. Las hojas ya empezaron a caer lentamente, muy despacito, tanto que nunca nadie las descubre en el momento exacto en el que se desprenden, para tirarse a lamer la vereda y de esta forma morir extasiadas, convertidas en tierra.

El calor no da tregua y se intuye tormenta, se hace necesario abrir la ventana para que las estrellas sean testigos y también la Luna, que con su energía femenina los bautiza y libera de las antiguas promesas.

Todo se intensifica a medida que pasan los minutos y de ambos corazones cruje un sonido que pulsa por salir hasta que finalmente los atraviesa a ambos, les unifica los latidos que no cesan en su intensidad, más bien se incrementan cual galope incansable de yegua salvaje y fornida, que escapa persiguiendo su libertad.

Mar de recuerdos

Mis palabras son el centro del misterio
Las palabras nos explican lo que nunca entenderemos
Si fue cierto, fue mentira o si al fin fue todo un sueño
Fito Páez, 2005

 Empieza a bajar el sol, la música me toma por sorpresa con algunas letras que van directo a la parte baja de la garganta, anudando preguntas que me explican parte del presente. Tengo claro que quedarán irresueltas o ambiguas. Mientras tanto, puedo entrar a la habitación y llorar agarrándome la cara, lanzándome reproches.

Simplemente una copa esta noche a la luz de la vela azulada y un mar de recuerdos

Un café y la foto de un faro

El dolor es veneno, nena
Y no lo sentirás
Hasta el fin, mientras te muevas lento
Y jadees el nombre
Que mata

(Soda Stéreo, 1990)

El café siempre está. Todas las mañanas si puedo lo tomo doble, porque me gusta llegar a dar la clase del día con todas las pilas posibles. Es una bebida que goza de tan buena fama y sin embargo me sigue sonando como lugar de encuentro al que aún no hemos llegado, la cita no confirmada y la ausencia, por cansancio o distancia.
Reflexiono sobre los extremos, el autocontrol y la desmesura, como dos caras de una misma moneda que se lanza al aire, esperando ver de qué lado del charco cae. En esta oportunidad no termino de entender del todo, lo que significaría ganar o perder.
Cancelé los eventos sociales y espero a que se terminen de cocinar las verduras. Corto los trozos con muy poca prolijidad y esmero. La imagen de un faro, los meses de sequía, descubro cierta información allí por decodificar. No hace frío afuera y hay una remera tirada al costado de la cama que no me puedo sacar de la mente.
Mi cuerpo interrumpe mi fuerza de voluntad mientras se refriega entre las sábanas y fijando la vista contra la pared, lanza un grito profundo y espasmódico. Me muerdo el labio, insisto con lo de las manos y las palabras. Las mismas que me hieren de golpe, dejando un montón de perdigones tirados por la cama, parte del piso y la mesita de luz. Mi mente se queda en silencio, capturada por la escena ficticia que me ha quitado la respiración.

Ahora me descubro en la calma y puedo hablar y escribir pausado, veo que hay un universo creándose a cada paso que damos.

Siempre tienen polvo las cajas donde se guardan las fotos

La noche se llenaba
con la pesadez de mis ojos
el fantasma me acompañaba
me cuidaba

Siento las canciones con la piel de pollo, me transformo en pura canción mientras me alejo de la tierra para iniciar el viaje. Es como si flotara, incluso con unos kilitos de más y las milanesas de brócoli del mediodía, a las cuales no me pude resistir. Así, como en trance, casi poseído. Pocas cosas me generaban eso: la música y hacer el amor. O hacer el amor con música, que al fin de cuentas unifica ambas experiencias oníricas.
Esa misma sensibilidad, me dijiste una vez, que te hacía verme frágil y vulnerable. Y hasta me confesaste que sentías miedo de apretarme o sostenerme con fuerza, porque me podía llegar a quebrar.
Tirado en la cama, se me dio por buscar en el tercer cajón de la cómoda, la caja con fotos viejas. Esas que tengo vedadas del Sol y de la vista de cualquier persona que ingrese a la casa. Es decir, tengo una caja oficial y una prohibida, en la cual guardo aquello que no quiero que me tome por asalto cualquier día de la semana. Se trata de cosas que quizás cada seis o siete años cobran vigencia, pero que «en el mientras tanto» se diluyen en el olvido. Siempre tienen polvo las cajas con fotos, a pesar de lo bien guardadas que estén.
Me acerqué hasta la chimenea con un poco de papel y un encendedor. También llevaba salvia y lavanda seca, como para que todo tuviera un carácter ritual de limpieza y sanación. Me dispuse a abrir la caja: un sobre manila color marrón envuelto con una bolsa transparente. Saco el sobre, tiro las fotos sobre la alfombra y ahí estábamos: recién enamorados sobre el balcón que daba a la peatonal, sin el encuadre de los edificios de altura que diez años después destrozaron el paisaje. Vos tenías una remera roja con mangas cortas, tus anteojos de leer y un pantalón de jean. Yo llevaba el pelo largo y apenas barba de unos días, una chomba azul de piqué. En la foto siguiente, estaba yo solo, posando arriba de la mesa, esquivando el foco de la toma y mirando hacia la pared contraria. Así haciendo de cuenta que no te veía y que toda la sesión era anónima, sin nadie detrás de la cámara. Sólo ella mirándome y yo, siéndole esquivo.
No tengo recuerdos tan exactos. Seguramente habíamos fumado. Creo que habíamos hecho una de las escapadas hasta la costa atlántica. Le doy unos sorbos a la copa que sostengo con mi mano derecha, queriendo recordar. Con la izquierda, juego con el chispero del encendedor.

Si. Había sido tomada después de una reconciliación. Y ahí, en cuclillas sobre la alfombra abría una puerta sin retorno hacia atrás, la punta del ovillo.

Un hechizo de escritura (dos semanas después del cumpleaños de Paula)

Dos semanas habían pasado desde aquella noche. Me pasé pensando todo el tiempo, acechado por imágenes borrosas. No podía más que reconstruir fragmentariamente lo ocurrido. Al mismo tiempo, estaba siendo abordado por unas enormes ganas de escribir. El deseo de volver a verte se entrecruzaba con una terrible madeja de palabras que encontraba en los colectivos, en los grafitis y los bancos de las plazas. A cada paso mascullaba posibles párrafos con ideas para el blog. Y como en público no me gusta escribir, deseaba volver rápidamente a casa para sentirme tranquilo y en paz frente a luz de la computadora.
Así me pasé estos quince días, ahogándome entre oraciones y analogías frente a todo lo que observaba, hasta que se hacía inevitable el encuentro con otro humano y no me quedaba otra más que hablar, intercambiar opiniones sobre el clima y la humedad o el infaltable de estos tiempos: la inflación galopante.
Esta mañana, mientras salía para el trabajo se me vino encima la vecina jubilada para decirme del tanque del agua y de los turnos que correspondían a la limpieza. Respiré profundo y me descolgué un solo auricular. La escuchaba sintiendo unas ganas tremendas de irme ahora mismo de este complejo, de este barrio y de esta ciudad con la cual histeriqueo constantemente desde que tengo uso de razón.

Le dije que no se preocupara, que hoy sin falta subía para hacerme cargo de la limpieza del tanque común. Y salí.


Con los dos auriculares puestos, recordaba tu sonrisa culposa y tus manos en el bolsillo. La luz tenue del foco de la calle en el balcón de la casa de Paula, la colilla pasando de tu boca a la mía, ese aire denso de otoño húmedo, la incipiente transición del verano. Como había pasado mucho tiempo desde que habíamos terminado, me había encargado de hacerle saber a todo el mundo que habías desaparecido de mi vida. De hecho, no le conté a nadie que estuviste esa noche. Tampoco lo hablé con Paula, porque siento que estaría dándole corporeidad a un miedo, y realmente no deseo aún ponerlo en palabras. Ella va a querer opinar y decir lo que siente o percibe.


Me subo al asiento individual del colectivo. Nos veo en aquel departamentito amarillo en el que había apenas una mesa con dos sillas, la cocina, una mini biblioteca y el sofá. Era julio y me habías pedido quedarte a dormir en casa para llegar a la mañana siguiente con mayor rapidez al centro. Tenía libros desparramados por todas partes pero vos te detuviste en los cuadernos. Abriste una página sin que me diera cuenta, porque estaba preparando el mate. Cuando me percaté, creo que por primera vez no sentí vergüenza que alguien leyera mis escritos. Te dejé explorarlo todo, y así lo hiciste. Arrancaste a las cinco y no paraste hasta la noche. Me hacías preguntas sobre los textos.

De repente te quedaste en silencio por unos segundos y empezaron a brotar de tus ojos unas lágrimas enormes. Me miraste y me abrazaste, diciéndome que era muy bello, que no querías que terminara nunca. Ahora que lo pienso, bien puede haber sido un hechizo de escritura.

El cumpleaños de Paula

Me abriste la puerta cuando llegué. Intuía que podrías estar, hacía años que no veía a Paula, le había perdido el rastro de su mudanza desde que llegó de Madrid. No consideré apropiado consultarle si vos estarías también presente.

No supe si darte la mano o un beso y sentí una electricidad especial. No identifiqué si era química o si fue la pérdida de conciencia que inició tras los breves veinte minutos que llevaba a medio tomar de esa copa repleta de vino que me convidaste. La recibí gustoso, sabiendo que estaba mal servida y que probablemente siguieras sin aprender sobre el vino.

A mitad de la noche me perdí entre los invitados, abrazado a Paula y acaparando la atención con viejas anécdotas. A ella le gusta mucho que hagamos ese show de recordar nuestras vidas pasadas, estoy convencido de que me invita para que la haga reír.  No suele ser común que dos amigos de la primaria se reencuentren y se rían de sus travesuras de infancia, de los primeros amores y de la serie de historias que hemos construido juntos, exceptuando los últimos cinco años en que dejamos de vernos debido a su estadía en España.

Cuando fui hasta el baño, me encontré con un cuadro lúgubre colgado sobre el pasillo: una vieja sosteniendo una especie de canasto con un bebé adentro, sobre un río o mar agitado, en lo que parecía ser una noche de tormenta, saturada de tonos grises, negros y rosados. La mujer arrodillada, tenía una especie de hábito blanco que le tapaba los ojos y dejaba expuesta una nariz redondeada en la punta y un mentón achatado. Se notaban las arrugas de su cara y sus manos, con las que agarraba con fuerza el moisés. Adentro se veía como una cabecita tapada, pero que no se alcanzaba a distinguir. Sentí escalofríos contemplando la escena.

Ya de nuevo en el living, intenté retomar el clima pero era inútil. ¿Por qué alguien querría arrojar un bebé al mar, soltarlo y entregarlo al infinito?, ¿quién pinta un cuadro tan espantoso? ¿Qué pretende transmitir? ¿Por qué Paula tiene ese cuadro? O quizás lo habría heredado de alguna de sus abuelas con plata, que eran unas viejas clasistas de mierda.

En esa rosca estaba cuando te pedí el cigarrillo. No, no. Ahora recuerdo. En verdad fue así: primero fui al baño, vi el cuadro y volví a servirme una copa más de vino. Se fueron yendo primero Rodrigo y Luisina y dos pibas más. Quedábamos unos diez o doce. A la hora, se fue parte de la familia y los compañeros de trabajo. Ahí fue cuando Paula sacó un frasquito lleno de flores de marihuana, bajó las luces, puso los Beatles y se cruzó de piernas a armar con una gracia admirable.

Por un segundo, me detuve a pensar de la conveniencia de mezclar el alcohol con el faso y entonces fue ahí que te vi perdido entre los cuadraditos del mantel mientras decías algo del tiempo, gesticulando con el reloj de tu mando izquierda. Y bueno, hicimos contacto visual, por primera vez. No me había querido hacer cargo de tu insistencia, por lo que ya sabemos de nuestro pasado. Por el peso de lo vivido. Y te juro que no disfruto de ignorarte, porque a mí también me pasa como a vos, y me afecta. Por eso fue que aunque dejé el cigarrillo hace varios años ya, te pedí el pucho y te invité al balcón.

Al principio ambos teníamos un poco de vergüenza, producto de la química del aire. Yo empecé una conversación sobre la situación social. Vos te limitaste a decirme que somos un país de mierda mientras te sentabas de piernas abiertas en el sillón. El silencio nos interrumpió y ninguno de los dos nos quisimos hacer cargo. Sonaban los Beatles desde el comedor, la noche estaba fría y estrellada.

La llegada del otoño

Nunca tuve del todo claro si el domingo era el primero o el último día de la semana. En verdad, siempre di por hecho que se arranca a laburar el lunes y se termina el viernes. Bajo esa lógica, la vida se acomoda en todos los órdenes.
Además de tener la referencia bíblica sobre el séptimo día, sigo sin comprender. En el hemisferio sur estamos en vísperas de recibir el otoño. No tengo ganas de recordar los motivos de aquello, que también me confunde y me quita el sueño. Busco paréntesis posibles para retraerme un poco del tiempo presente.
Emprendo varias vueltas a la Plaza Saénz Peña. Contar la cantidad de vueltas me implicaría perder de vista mis pensamientos (cosa que no me gusta nada). Entonces decido poner el disco completo “El amor después del amor” y me entrego a los pasos, perdido en los minutos y siguiendo nada más que el ritmo de la música de principio a fin.
Mientras me lanzo a alguna de las muchas fantasías que me rondan, un cartel me devuelve a la realidad: ¿Dónde está Tehuel? A un año de su desaparición, el Estado permanece en silencio, seguramente porque las vidas trans no tienen el mismo peso que algunos hijos del poder. Camino, pienso en las injusticias y me enojo. Camino y voy sintiendo algo de malestar en los talones. Mañana de nuevo al trabajo, estamos en luna llena y llega el otoño. Me siento un poco desabrigado para estos primeros días frescos.
Hace muchos años, cuando me mudé con Emilia y no teníamos luz ni gas y afuera hacía un frío terrible, lo sentí igual en la piel. Y nos veo a ambos, como si fuera hoy, fumando un cigarrillo cada uno sobre el último umbral de la escalera de mármol.
Ella tan activa colgando adornos en las paredes y yo inventando una excusa para salir de la cama. Lo primero que me compartió para leer fue un fragmento de Arlt (en términos políticos y de tradición literaria, más Boedo imposible). Después cayó con el impronunciable de Jack Kerouac. Entonces yo le decía que antes que los beatnicks “Rayuela” y “Un tal Lucas” y le acercaba el texto para demostrarle y leerle como quien pretende convencer. Pero ambos nos íbamos caminando hasta al centro y coincidíamos en eso que decía Cortázar en “Me caigo y me levanto” sobre el helado de frutilla y chocolate con un bizcochito.