Entre mujeres

  • ¿Cómo que fue raro?

Muy ….raro

  • ¿Qué tan raro?

Por empezar, la tenía retorcida como una banana

  • Pará, ¿cómo retorcida?

Si. Muy. Como una banana, aunque más que banana era como un fideo tirabuzón. La mitad de un fideo

  • ¿Así de chiquita?

No no, como pija era grande, enorme te diría. De esas que duelen y mucho. Pero más que nada, era la forma. Tenía como dos partes dobladas, como que fueran dos curvas en una ruta.

  • Que raro lo que me decís. Yo sólo conozco dos y creo que eran chiquitas ambas. Lo de las curvas me recuerda el recorrido de cruce limítrofe entre Mendoza y Chile. Tomé mucho vino en ese viaje y cogí re poco.

Siempre exagerada vos. Esta era distinta, bien con forma de pija, pero con dos curvaturas, no sé como explicarte, pero te la podría dibujar.

  • En conclusión: ¿te hizo acabar como loca?

Si, pero lo malo fue lo que vino después.

  • ¿La acabada?

No monga, la conversación después de terminar. Está militando en un partido de derechas. Imagínate cómo me la bajó con su facismo.

  • Insoportable. ¿Qué les pasa a los pibes? Hasta el presidente nuevo de Chile dijo algo de que experimentó con tipos en su juventud. Ya está bien de conservadores, aburren. Contame más del sexo…

A la segunda vez, él insistió con ponerla un ratito sin forro. Al decir verdad, cuando yo me calenté, le dije que la quería sentir a pelo, se lo grité. Entonces, él se sacó el forro y me la metió, preguntándome si así me gustaba.

  • Sos loca. ¿Y qué hiciste?

En el fondo, lo disfruté. Pero al toque le dije, bueno ya, ponételo.

  • Si te entiendo, más caliente que una pava.

Es que me volvió loca con esas tres canciones pelotudas que saca con la guitarra. No pasa de dos de Charly y una de la negra Sosa. Y yo como una boluda entregada, porque en verdad le veo otra sonrisa cuando imita la pose de cantante.

  • No me terminaste de contar sobre el polvo

Eso. Fue así de breve e intenso. Lo que sí te digo, me acabé porque era gorda, pero sin actitud no hay pija gorda que valga. Me hice la boluda y le esquivé la invitación a salir de nuevo. El pesado no pasa día que no me escriba al WhatsApp.

En terapia

Me senté al volante y al lado mío el empleado municipal que evaluaba la prueba. Arranqué muy nervioso, muerto de miedo, mientras el tipo no paraba de hablar diciéndome que todo iba a estar bien, que no pasaba nada, que él me iba a aprobar para poder tener el carnet, que esto sería una pavada. Dimos unas vueltas por el parque, cometí un error en una subida con el embrague, pero rápidamente lo puse en marcha.

«No pasa nada, seguí vos nomás, tranquilo que acá no ven nada». Esas palabras constantes me incomodaban, no paraba de hablar dando indicaciones, sentía que debía prestar atención a lo que decía y al auto.  Al finalizar con el circuito, sólo quedaba la parte del estacionamiento, y bueno, fue eso lo que no pude hacer. 

¿Qué parte fue la que te salió mal? (interrumpió ella)

La del estacionamiento, porque estaba muy tenso y es como que el empleado municipal me mareaba con las instrucciones. 

Claro, pero qué parte fue la que no pudiste hacer (insistió)

Fue así, al terminar el circuito de prueba, lo último que se evalúa es el estacionamiento, entonces ahí él se baja y da una serie de instrucciones con las cuales me mareó. Me perdí en ese ruido, había gente esperando para rendir y me tenía que bajar del auto.

¿Cuál fue el movimiento que no hiciste?  (nuevamente insistente)

¿En qué sentido? (le devolví)

En la parte del estacionamiento, ¿cuál fue el error?

…Hice la marcha atrás, giré y acomodé el auto calculando con el retrovisor. El cálculo me daba bien, y cuando tenía que dar el último movimiento para adelante, me voy para atrás en reversa. Y ahí el empleado me pega el grito, me dice que intente una vez más y ya no pude. Cuando se acercó me dijo que era imposible dejar pasar ese error porque su jefe podía estar viendo por la ventana. 

Entonces, el problema fue ese, cuando tenías que hacer el movimiento para adelante que te permitía obtener el carnet, te fuiste marcha atrás. 

Si. (no muy convencido)

Hay una metáfora en ese movimiento, ya que era el paso final para aprobar la evaluación. Esa última maniobra hacia adelante, te permitía obtener el permiso legal para conducir un auto, y en lugar de tomar ese camino, te fuiste marcha atrás. Como si el miedo te hubiera limitado. Quizás no creías que era el momento de animarte a manejar, de conducir un auto como lo regula la ley, bajo los términos y condiciones que se exige a los conductores para la obtención del permiso. Podríamos decir, en términos muy provisorios, de manera transitoria, que no quisiste entrar en un sistema de legalidad. ¿Podés asociarlo con algo?

No sé (algo terco). Para mí el error fue porque el tipo no dejaba de confundirme con sus instrucciones y en lugar de recordar los movimientos que tenía que hacer, quise hacerle caso y me perdí.

Ella: Bueno, vamos a terminar acá.

Ese día salí un poco enojado de la terapia. Ella no entiende lo que le quiero decir, en realidad el error se debió a que el tipo era un idiota que pretendía pasar por agradable siendo un típico pesado con verborragia verbal. 

Leí una vez un artículo en el que decía que cada paciente debe encontrar un psicólogo que realmente entienda su subjetividad y que tenga elementos para poder comprender. Mencionaba el caso de una chica de clase media que se prostituía para solventar sus estudios universitarios y cuyas prácticas sexuales le generaban repulsión al terapeuta, quien por su propio sistema de creencias debió leer e investigar sobre dichas prácticas sexuales para desarmar sus prejuicios y poder entender a su paciente sin juzgar con horror sus sesión.

Creo que efectivamente, mi psicóloga a veces «cree» interpretar algo desde lo que dije, cuando en verdad suele confundir mis palabras. Incluso se pierde en análisis sobre algo que «cree» haber escuchado y cuando la corrijo me pide disculpas. Me enojo, pero a la vez me gusta que quede en evidencia su metida de pata, aunque no sin cierta cautela, ya que si se equivoca recurrentemente, cabría la posibilidad de que haya realizado análisis erróneos, incluso aquellos que me han permitido saldar muchas de mis angustias.

Los techos

Los techos de la casa son muy altos y se siente particularmente intenso el frío. Me molesta un poco el olor del calefactor, pero cada tanto me acerco a calentarme las manos.

De a ratos levanto la vista para ver sobre el ventiluz de la puerta, porque siento un destello que se cruza por delante de los anteojos, para finalmente darme cuenta de que es un efecto visual del reflejo de la luz a esta hora de la madrugada.
En uno de esos golpes de vista, intuyo una sombra, una figura extraña que pareciera mirarme detrás del vidrio. Primero la veo de reojo, pero paulatinamente empiezo a sentir que el cuerpo se endurece y evito mirar, aunque siento una presencia. Está ahí, hay alguien.

Me quedo inmóvil, fijamente pegado a la pantalla de la computadora.

Se mueve.

Me endurezco más. Pienso en el verano y en los arroyos, evito recordar que afuera está helando.
Otra vez se hizo de noche sin que me diera cuenta.

Sigo escribiendo la obra de teatro inconclusa desde enero y que prometí al editor para abril.

¡Que viva la Forqué!

Puede que sea muy tarde y la Navidad esté rozándonos los talones con 40° de sensación térmica. O puede que las luces chinas del arbolito, combinadas con la segunda cerveza, sean algo más que la puerta de entrada a mis muy merecidas vacaciones.

Más allá de todo el contexto y la conexión probable, está claro que presentía el doble mensaje en Kika. Lo puedo leer a lo lejos; a la distancia. Y tan sólo a unos días, diría menos de un mes.

Les aclaro queridos lectores, que tengo una tremenda conexión con Pedro. Si, el director de cine que todos ustedes referencian a secas: Almodóvar. Es que intuyo siempre dobles o triples mensajes en sus películas, sus pliegues. A todas las escenas le encuentro el mensaje oculto, su encrucijada. Un intersticio desde donde mirar más allá de lo evidente.

Una mañana de noviembre, hablando de mil cosas sin razón aparente, le mencioné a Belén lo extraña que se veía la actriz en el nuevo programa, que seguía vía televisión española. Y el colmo de la contradicción, que estuviera además como participante la propia Victoria Abril (que en Kika llevó al extremo una parodia de la prensa amarilla) participara en el mismo programa. Todo parecía ser el anticipo de una muerte anunciada.

Lo predije. O lo sentí. Es que la ví muy mal. Y al decir verdad, nadie podría negarme lo premonitorio de su personaje en «Kika» y el destino que finalmente tuvo nuestra actriz, a quien siento «violada» nuevamente como en la ficción, pero esta vez no por «Polvazo» el hermano de Juana, «el subnormal», sino por la «picadora de carne» que todo lo deglute en favor del rating, de nuestro entretenimiento.

Bajo el calor tercermundista me quedaba absorto observando las imágenes que se difundían desde la «madre patria» sobre nuestras queridas actrices, devenidas en participantes de reality show.

Llegamos al punto de destinar una mañana entera a la vida y obra de la Forqué, en los patios de la escuela semi vacía. Entretelones de su reciente separación, la vinculación con su padre, el tema de sus declaraciones vinculadas a la marihuana.

Belén me escribió el trece de diciembre un texto que decía: «¿Viste?, los otros días, hablamos de ella», junto al link de la noticia de su deceso.

¡Que viva la Forqué!