Treinta y nueve

Te arrojaste un día con el corazón campechano

los ojos abiertos y las lágrimas a cuesta

revelando tus propios velos ante mí.

 

Tus manos llenas de tizne

tan fuertes para admitir el llanto

asumieron cuartear la tormenta

remando en la adversidad como héroe anónimo.

 

Los ángeles te cobijan en brazos

tan tuyos

tan etéreos

estornudan entre tus bostezos

desprovistos de disimulo se sobresaltan ante tus risas.

 

Celebro la nueva vuelta al sol de tu alma

y cada pliegue de edad que tu piel sugiere

porque descubro en cada uno de ellos

susurros angelados y palabras de amor.

 

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