Insondable

Intento sobrellevar mi rareza desde la astucia continua, para desorientar a los curiosos que pretenden descubrirme. El invierno es un aliado con el cual me cubro de rimas y poesías con café, pero es diferente cuando hace calor.

Ensayo ensombrecerme durante los días calurosos y fingir cordura ante el dolor, la angustia, la preocupación sobre la vida y la muerte, sobre los finales y los cierres. Me inquieta la clausura del amor delicado que más de una vez nos desgajó pétalo a pétalo, y que ahora ante mis manos se destruye gradualmente, como quien se entretiene desgarrando la más imponente flor de un jardín, nutrida por savia virgen a través de sus raíces sumergidas en tierra fértil y oscura.

Siempre enero me ha resultado agobiante, cada mañana me levanto cansado esperando nuevamente el refresco de la noche que se cuela por la ventana. Las horas se dilatan tanto como mis pies hasta que el sol se esconde y aparece por fin el alivio de la brisa que recae sobre la llanura de estas tierras húmedas.

Recién por la madrugada se apacigua mi mente y se adormece suavemente. Es allí cuando me conecto con lo trascendente, con lo inconsciente, con lo que el resto de los mortales apenas reconoce.

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Año nuevo

Llegaste como siempre, con la premura con la cual te has arreglado para sobrevivir y resolver los viajes desde tan lejos. Después de doce días sin vernos reconozco que estaba inquieto e impaciente, dado que hacía precisamente una vuelta al sol atrás que había presagiado (con la arrogancia de mi intuición), que compartiríamos las fiestas. Sin siquiera conocerte. No me preguntes, simplemente lo sentí.

Nos miramos, nos sentimos y pudimos olernos en la soledad del silencio. Una vez saciados y con varias mordidas entre los hombros y los pies, volvíamos a la realidad para dar inicio a los rituales: tras sahumarnos con esencia de lavanda y mirra escribimos deseos para el año entrante en unas hojas de papel que energizamos meditando y sosteniéndolas entre las manos como quien resguarda un tesoro. Posteriormente las ubicamos sobre la mesa en la que serviríamos la cena.

Los casi cuarenta grados de sensación térmica agobiante y el alcohol que veníamos degustando desde la media tarde, no impidieron el goce repetitivo del encuentro de las manos. Fue espontáneo el meternos juntos a la ducha apenas cinco minutos antes de las doce, para limpiarnos del pasado para poder subir a la terraza del edificio a escuchar la celebración.

Dos copas repletas con champán regaron los besos nocturnos,  interrumpidos solamente por los fuegos artificiales y la exigua luz de las velas encendidas que cada tanto iluminaban tu rostro jovial ante tanto bullicio urbano. Pasamos así unas horas, abstraídos por la noche y cómodamente impunes ante la mirada inexistente de los moradores ausentes.

Cuando decidimos ir al río para bautizar los días venideros y observar la ciudad desde lejos, descubrí que seguía entretenido con las luces reflejadas en tu mirada y tuve la certeza de que nuestro deseo de estar juntos, seguía latiendo tan fuerte como el primer día. Era algo más que un simple año nuevo: dábamos inicio a una historia.