Mis días

Reconstruyo mi día y me recuerdo desayunando en la cama con una bandeja azulada repleta de inseguridades. En pocos segundos, me transporté a un sinfín de lugares que recorrí visualmente para ir a narrar nuevas anécdotas de vida juntos.

Apenas salí a la calle en dos oportunidades, la primera de ellas me invitó cinco vueltas alrededor de la plaza, observando con detenimiento en cada pasada a la extraña chica de pollera roja, que desparramada bajo un chivato se evadía escribiendo vaya a saber qué cosa. Confieso haberme perdido en algunas vueltas, con los ojos concentrados en el sendero y los pensamientos abocados a cuestionar los groseros adornos navideños que enrarecen el ambiente. La segunda vez, hice una rápida visita a la panadería para una merienda tardía y un breve desliz para comprar una caja de cigarrillos.

Nuevamente en casa, descubro con cierta gracia mi capacidad de simulador, al esquivar con eficacia los vecinos fisgones del edificio, llegando a alternarme más de catorce veces para a fumar apostado en la ventana, mientras las cortinas ofician de trinchera. De reojo me aseguro evitar el contacto visual y la condescendencia rebuscada.

Ambiento y climatizo mis espacios, distribuyendo en cada uno de los ambientes algún sahumerio o esencia para purificar las energías y hasta me entretengo pintando con los lápices de colores que generalmente reposan adormecidos. Cada tanto me gusta hacerlos rechinar sobre hojas en blanco e imitar a mi padre, que como buen dibujante se perdía ensimismado en su obra.

También me fotografío infinitas veces tratando de que las imágenes me permitan reconstruir el rostro de las emociones ausentes y ensayo perfiles posibles con los cuales me gusta explorar cada sensación.

La noche me encuentra resguardado, reflexiono desde la frustración profunda de no poder manejar mi inconstancia y mis nervios tan particularmente iracundos, y hasta juego con alguna lágrima perdida…a mi manera.

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Creerte

Tus pisadas anidaron la vibración más baja de los oscuros terrenos de la mentira, cuando llegabas a utilizar el juramento más preciado, opacando la inocencia de los tuyos en pos de sombríos y egoístas deseos. Me interrogo sobre mi fortaleza para creer en tus palabras y adentrarme en el nuevo ser que intuyo te has convertido. Cada día deviene martirizado por la opacidad de la lejanía, cuya distancia nos ensombrece y alimenta mis intrigas a la vez que potencia tus titubeos y silencios.

Me desvela la idea de reestablecer los lazos tendidos entre ambos cuando tu dignidad ha llegado a los escalones de la decrepitud y la falta de escrúpulos, desvaneciendo la estela desde la cual te idealizamos los que nos compadecemos de tu alma en pena, al sollozar por rincones húmedos cada domingo sin sol.

Acaso en el mismísimo momento en el que me entretengo escribiendo estarás nuevamente punzando salvajemente el corazón de cada uno de los que te quieren, vagando agonizante en busca de vaya a saber qué traiciones, con tu andar mortecino y los ojos huecos, estériles y sin capacidad receptiva de lo que sienten los que confían y duermen en paz bajo alguna luz hogareña.

¿A dónde ubicás a los que te amamos, en el mismísimo instante en el que te deslizas por las mentiras impunemente? ¿Tienen tus pupilas muertas alguna conciencia de que existimos siquiera los que incondicionalmente te brindamos vida? ¿Podrás tardíamente activar alguna fibra de emociones humanas? Pienso que seguramente pasaremos a ser motivo de las frondosas culpas que no te permiten alzar las manos al viento, tan pesarosas que se delatan en cada caricia.

El mínimo detalle me retrotrae a los días aciagos del verano pasado en el cual la tormenta olía igual a la de la última semana, tan particularmente cruel. Y por más que intente evadirme entre los textos y las palabras, siempre está el miedo latente de que todos los ladrillos puestos sobre la estructura genuina se revienten y desintegren al unísono.

Me invade la angustia y el efecto de las pastillas para dormir que ingerí tempranamente no detiene el abrasivo sonido de los latidos que precipitados manejan mis manos como cuerdas de titiritero y embriagado de escepticismo alterno mi atención entre la escritura y las gotas de lluvia.

Te espero

Insuitada la decisión con la cual arranqué las últimas hojas del almanaque para dejarlo actualizado en breves segundos de irracionalidad. Pensaba en la fuerza que emerge de lo más profundo de mis emociones y con la necesidad de volver a hojear el presente tan cerca de mis manos. Me paré unos segundos frente a la heladera y sonreí.  Te imaginé por un instante bajo un sol rabioso en la garita escondida esperando el colectivo cuyo rumbo te traerá hacia mí. Medité sobre todo el equipaje con el que vendrías, particularmente los miedos y las ausencias que desde lejos están siempre fisgoneando entre tus incertidumbres y hacen mella en tu carácter tan melancólico, casi etéreo.

Me aposté sobre mis creencias eternas, puse en suspenso mis fluctuaciones ante la necesidad de convertirme en piel curtida para recubrir tu cuerpo, volviéndome barrera impiadosa para el resguardo, porque asumo con ímpetu el destino que venimos tejiendo y sé tanto de tus lágrimas y de tus árboles.