Del otro lado

Hago un corte en la corrección de los exámenes para detenerme a pensar en tu cara, esa vez que mientras llorando me decías que sentiste el momento exacto en que había hecho el amor con otra persona, después de nuestra separación. Mencionaste algo sobre una puntada fuerte en el pecho (y hasta pude imaginarte gesticulando, llevando las manos allí). Y la encrucijada entre decirte la verdad y romperte el corazón. También la imperiosa necesidad de pedirte perdón por aquello dicho a destiempo.

Ni hablar de las inseguridades de las personas que te conocieron y cedieron a la tentación de querer saber sobre mí, enviarme amenazas o anónimos. Acaso les retuerce saber sobre las veces en las que hicimos el amor, cuyo récord mejor me guardo por miedo a enloquecer a cualquier imbécil que se acueste a dormir debajo de mi sombra o los restos de placeres bien vividos. Que sepan que con anónimos o injurias no podrán nunca tener aquello que los actores llaman verdad.

Mientras escribo, el olor del champú y el jabón me impregnan. Muchas veces me han halagado mis perfumes. Nunca he repetido el mismo por más de los seis meses en que demoro en terminar de pagar la cuota de la tarjeta de crédito. En una oportunidad, una preceptora me preguntó qué usaba, porque todos sentían ese perfume intenso después de que pasaba por el pasillo, y que por eso era fácil identificarme. Recuerdo haber sentido algo de vergüenza pero también satisfacción, ya que de esa forma había recibido suficientes insinuaciones a lo largo de estos años.

Llevo apenas dos días con internet conectado en mi nueva casa y sólo deseo tener tiempo para reflexionar sobre todo lo que me ha pasado en los últimos meses, donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

Hacer el duelo

Quisiera que se entienda: hoy no hablo de amor, hoy les hablo del duelo. Ese que se hace en soledad, como el transeúnte que se moja caminando bajo la llovizna a paso lento. Que de hecho no acelera, porque no sabe ni tiene a dónde ir. Me frustra saber que el final siempre está lejos. Entonces la desesperación me produce arrebatos cada vez que la vida cotidiana me remonta a un “nosotros” pero que por ahora es “sólo conmigo mismo”. Y los dolores en el pecho y la espalda vienen acompañados del resfrío y la gripe.
Empiezo a bajar de peso y por las tardes apenas puedo mantenerme en pie de tanto agotamiento, para llegar cansado a la noche, pero sin sueño. Me entreduermo, aunque tampoco logro la paz porque todos los recuerdos, la desolación y la ausencia de propósito me invitan a reflexionar sobre todos los desenlaces posibles.
El celular me avisa que nuevamente tengo que ponerme el disfraz de humano para ir a trabajar como todas las mañanas. Pero ni la música, las tostadas o el café con leche logran sacarme la modorra. Y bastará con que cualquier imbécil de turno me conteste mal, para reaccionar de manera desproporcionada e injusta. Porque en verdad estoy queriendo gritarle a todo el mundo que llevo un velo negro, que a simple vista no se distingue y que por ende merezco respeto.
Lo que digo, no tiene que ver con la ausencia en tiempo presente, sino con la muerte de la sustancia viva que todavía percibo respirar en cada esquina, en algún rinconcito o entre los papeles viejos. El dolor de la pérdida es tan inconmensurable e intransmisible, que nadie, absolutamente nadie de las personas que se ha acercado a decirme que me entiende, puede siquiera sentir a nivel corporal lo que es sentarse frente a la ventana para ver un sueño agonizando. Un sueño al cual estoy obligado a tener que salir a barrerlo de la vereda, como si fueran hojas de liquidámbar que terminarán en la basura de lo orgánico.
La transmutación, los eclipses, la mudanza. Renovación de alumnos, de casa, de trabajo, de amigos. Un nuevo sol se asoma tibio. Con una sonrisa llena de timidez, logra sacarme por un rato de ese estado, cuando me abraza y me dice, que todo va a estar bien.

Cuando puedo con el mundo y cuando el mundo me puede

Me sentía bastante instalado en la casona de calle Perón. Deslumbrado, con ese enorme ventanal que daba a la vereda llena de luz, sumado a lo pintoresco del barrio y los murmullos mañaneros que me indicaban que el alba estaba cerca.

Pensaba en esa quinta vez que viajé a su casa en Santa Fé, cuando debí aprender a usar la tarjeta luego de seis años pasando el túnel en auto. Tuve pánico, y encima luego de llegar a la terminal, debía trasladarme hasta Guadalupe. Y aunque le había repetido sistemáticamente que pretendía llegar solo, recordaba todas aquellas veces en que me esperó en el taxi.

Pero, ahí me veo nuevamente insistente con experimentar sobre la neurosis. La ansiedad y los obstáculos invisibles. Y es que no soporto que me digan lo que me conviene o lo que tengo que hacer. Y prefiero ser fuerte, o mostrarme entero, experimentar aunque me caiga a pedazos. Eso sí, jamás mostrar la parte que duele, esa blandita que suelo recubrir de ambigüedad o ambivalencia. La que muchos han llamado bipolaridad o estados cambiantes de manera recurrente.

Tanto tiempo pretendí que le crecieran alas a personas que nunca iban a volar, y ahí estabas vos dando vuelta con dos alas enormes y una sonrisa pintada. Me invitabas a salir del nido, y un café cortado en la estación Belgrano.

Algo de lo que sembraste

Llevaba varios días arrastrando por cinco cuadras lo que no había entrado en la mudanza grande: algo de ropa, calzado y un poco de todo disperso entre lo que había sido mi living y una de las piezas.

Reuní todas las pocas fuerzas que me quedaban, y traté de mantenerme en pie hasta el último recuerdo que pudiera caber en mi alma. Le agradecí a todas las paredes por cobijarme en la bastedad de mis miedos durante cuatro años. Me detuve por un momento a observar lo poco que quedaba. Vi los potecitos que había comprado para hacer el flan y sin más, se vinieron los últimos días y la impotencia de la despedida con sabor amargo. De todos los finales imaginados, pasó el que tanto deseaba evitar. Y aunque no me sorprendió, realmente hubiese querido algo distinto.  

Respiré hondo, salí al balcón terraza. Tomé coraje y puse todas las plantas en una caja. Agarré una a una todas las masetas, las dispuse con obsesivo cuidado. Algunas fueron literalmente arrancadas con todas las ganas. Bajé las escalares con la caja en mano, todo transpirado. Hice dos cuadras y medias y toqué timbre una vez. Nada. Dos veces. Nada. Cuando me disponía a tocar por tercera vez, abrió la puerta. No tuve que decirle nada, porque todo estaba claro:

  • Acá tenes algo de lo que sembraste.

Tiré la caja al suelo, con todas las plantas adentro. Me dí vuelta, y en las dos cuadras que siguieron sentí sus ojos clavados en mi andar. Llegué a la esquina y supe que ahí, no volvía nunca más.

Entiendo que este final tendría un poquito más de sentido si realmente pasaba. Pero para ser honesto, las plantas se las regalé a la vecina del local de venta de productos de limpieza. Por mi parte, volví a casa todo transpirado, sólo con un par de valijas a cuestas.

Algo que según vos, brilla

Apurado por levantarme de la cama, deseaba ir a lavarme los dientes, queriendo preservar las formas y el cuidado del detalle. Me tomé mí tiempo: con el jabón de tocador lavé mi cara, cepillé mis dientes, hice buches con el enjuague bucal y me ordené un poco el pelo, con ayuda de las manos y el peine. Me sentía perseguido por el porcentaje de cerveza absorbido la noche anterior.  Si bien conservaba la intensidad del perfume aplicado antes de dormir, me preocupaba estar prontamente presentable.

Cuando volví a la cama, te vi sosteniendo fuertemente mi almohada. Me dijiste, que como me levanté demasiado rápido, te habías aferrado a ella para poder sentir mi olor. Nunca me habían dicho tantos halagos como los que vos me decís cada día, algunas veces con palabras y otras muchas con los ojos y de manera silenciosa. Esa era para mí, una sensación nueva

Me vas enseñando a cantar canciones desconocidas, muchas de ellas en italiano. Mi cuerpo las reconoce y sobre ese idioma se montan historias. Me ayudás a entender bastante de Nápoles, donde mi amiga se fue a celebrar las pascuas, buscando algo de argentinidad.

Y en ese diálogo, vas escuchando atentamente mis relatos, siempre queriendo saber un poquito más, indagando y poniendo en valor mi rareza. Te reís de mis arranques, mi enojo por una tortilla de papas que no me sale. Te gusta pelearme y ver cada reacción.

Sobre ruinas, vas sembrando nuevamente una bella forma de amor propio. Pegas uno a uno los ladrillitos, en lo que era zona arrasada. Y aunque a veces siento desproporcionados tus halagos, me permito que me digas todas las cosas bonitas que te surgen. Te dejo que me huelas el pelo y lo acaricies, aun cuando seguimos mojados.

Con tu mano izquierda me vas marcando los límites de mi costado contrario al que tengo apoyado sobre la cama. Inicias el recorrido con tus dedos por mi oreja y vas bajando por el cuello, los hombros (siento escalofríos), brazos, manos, axilas (siento escalofríos), cintura y piernas (hasta donde te lo permite la posición en la que seguimos aferrados).

Te hablo de mis fobias, pero no te dan miedo. Vos celebras mi diferencia. Todavía está fresca esa tarde en que agarraste uno de los frasquitos de vidrio en el que venden las anchoas (que suelo lavar y poner en la repisa de la cocina) y con el dedo índice de la otra mano, me decías que ahí te ibas a llevar algo de mi esencia, para tenerla cerca de tu cama y poder mirar cada tanto, algo de eso que según vos, brilla.

Domingo de pascuas en la casa de campo

Meses habían pasado de mi última visita a la casa de campo. Por una u otra razón había intentado evitar el encuentro con aquel lugar, tan lleno de tu presencia y de tus detalles casi femeninos. Los mismos que se observaban todavía tibios, como el solcito que se cuela a trasluz de la paja del quincho que hizo mi papá.

Todo estaba bastante cambiado: se habían modificado las estructuras de la casa, una pared derribada y varios postes apilados sobre el tejido que daba a la casa del vecino. La casa, en la que hasta hace unos pocos días había vivido Doña Ramona, la viejita que te hizo una planta (la que dicen es para atraer la plata).

En estos lugares, no importa mucho si se es pariente o no, pero siempre se respetan los días de duelo. La invisibilidad en la ruralidad es casi imposible. Por ello, mantuvimos la música bajita la mayor parte del tiempo.

La sobremesa transcurría serena, hasta que lavando los platos me agaché para buscar algo debajo de la mesada. Y ahí estaban: el yerbero lila que elegiste con forma de lecherito, las tacitas, los platos y utensilios que soñamos juntos. Guardé algunas cosas en la alacena y ví por la ventana la casita de pájaros, en la cual nunca vimos uno, pero que siempre estaba rodeada de mariposas.

Vos y tu manía de impregnarlo todo. Te metiste por los rincones para regarlos con tu esencia y recordarme en cada minúsculo objeto que anduviste por acá. Y siempre escapé de los «para siempre», pero sin embargo ahí todo me observaba indagando acerca de tu repentina partida.

Pienso en eso, en lo difícil de confiar en tu mirada y los siempre persistentes secretos y actitudes sospechosas. Las dos veces que me tiraste el puño cerrado; uno lo frenaste en seco ante mis ojos y otro se lo terminaste dando a la pared. También en tu casa, azotaste una cuchara en la mesa para pedirme que dejara de hablar. Así de intenso todo, en lo grande y en lo pequeño de la cotidianeidad.

Les llevé a todos conejitos de chocolate, que compartimos con café y con rodajas de rosca de pascuas. Volví a casa en silencio. Debe ser que es domingo y está nublado.

Enamorarse de alguien que escribe

Inventariando un manojo de lágrimas y varios fracasos amorosos, atino a sostener mi copa con la mano derecha mientras busco auxilio sobre el agujero de la ventana desvencijada a través de la cual irradia apenas un sorbo de luna llena. Así, desesperadamente buscando respuestas para combatir el exilio, el abandono y la soledad.   

Es que tampoco estoy del todo seguro de que no sea un psicótico, aunque sin ánimos de querer errarle al diagnóstico psiquiátrico, simplemente diría una bella y delicada locura. Así, como la del hombre mirando al sudeste, la película de Subiela que te conté una vez. Ese director que hace el “Lado oscuro del corazón” y cuya obra maestra “últimas imágenes del naufragio” alimentaba en parte mi obsesión absurda por los límites. Narrada desde la voz de un escritor fracasado, trata sobre la vida de cuatro hermanos con historias bellas, de locura y excesos. Salido de ese film, así tenés que entenderme. Porque siempre te recomiendo películas, pero a vos no te gustan nada las que yo te sugiero y preferís ver las de ciencia ficción.

La cuestión es que esa peli demuestra que el escritor intenta jugar con la locura de los demás, pero termina totalmente enredado en tanta belleza. Deberías tener cuidado de enamorarte de alguien que escribe.

La voz del deseo

Me quitaba la camisa con una mirada lasciva, sutilmente desprendía cada botón y se acercaba con labios y dedos a mis tetillas. Le pedía cuidado, porque la sensibilidad extrema hacía que se agrietara la piel de la zona, sino no mediaba la saliva en ese acto.

Luego me desprendía el pantalón sin permitirme siquiera usar las manos, aunque me dejaba ayudarle con las zapatillas y las medias.  

Me quedaba petrificado ante su iniciativa de observar mi desnudez bajo el velador tenue, como si tuviera el poder de quitarme la respiración de un empujón durante varios minutos, en los que además enmudecía, hasta que por su propio antojo me devolvía el aliento resoplándome con su lengua dentro de mi boca. Porque era el deseo el que me hacía temblar, el mismo que me asfixiaba.

Así, con los ojos lubricados me podría haber quedado horas. Sin importarme que hubiera calefacción o si el frío me paraba cada uno de los pelitos de brazos y piernas. Y el foco me proyectaba cinematográficamente sobre su boca, la misma que me arrancaba partes del cuello y de las orejas, la misma que me decía querer tomarme, tener dentro suyo todo mi mundo: alimentarse de esa sexualidad desbordante, contener algo de locura, nutrirse de la desmesura, deslumbrarse a diario con el espesor de mis miedos, rescatarme de mi autoboicot, quitar de mi cama definitivamente el objeto de apego, ayudarme a conciliar el sueño en cada una de mis noches y hacerme una casita con los brazos para que me quede a dormir ahí adentro todo el tiempo que quisiera. Así me llenabas y me vaciabas a tu gusto.

Esas promesas fueron realizadas con la voz del deseo. Suenan profundan mientras arden los troncos de la chimenea, pero una vez que nos deleitamos, sólo quedan restos en donde hubo fuego.

Y que nadie pretenda hacerme responsable de desear con el alma, con los pulmones y con toda la extensión completa de mi piel que se vuelve trozo de carne para ser roído por quien supere el nivel elemental de las promesas vacías, así por lo menos lo siento al pisar los treinta y siete.

Un tostado con café con leche

Algo me había hecho ruido en su relato, no cerraba del todo. Lo que mencionó acerca del colesterol nervioso y el hecho de que desayunara a diario un tostado con café con leche. Insistí con lo del tostado, me revelé curioso ante la nimiedad insulsa, cotidiana.

Es que había algo en las clases de semiótica que me había quedado prendido a fuego respecto de la indagación acerca de los sentidos sociales detrás de un signo. En este caso, un signo de distinción: el tostado se come en una cafetería por la tarde, donde el personal de cada lugar está dispuesto a prepararlo y servirlo para los clientes que deambulan por las calles, particularmente en invierno. Insistía con preguntas en mi mente, aunque era precavido de no proferirlas tan rápidamente, sino que masticaba la conjetura: ¿los prepara una mamá, acaso una mucama? Particularmente, mi casa de soltero siempre estuvo al límite de los alimentos mínimos: una botella de agua, medio limón, algunos tomates y un poco de queso. Pasaron apenas tres días, hasta que me animé:

  • ¿A qué le llamás tostado, puntualmente?
  • Dos rodajas de pan lactal, una feta de jamón cocido y una feta de queso
  • Ajá. En fetas, me decís
  • Si
  • ¿Guardadas en un tupper?
  • Si, claro
  • ¿Y lo ponés dónde?
  • A la plancha

Una vez más, sentía que la reflexión no me había fallado. Porque el fiambre no dura muchos días en la heladera y una persona que vive sola, demoraría cinco días en comerse unos doscientos gramos aproximadamente, contando con que sean dos fetas por desayuno. Si la cuenta no me daba mal, a los dos días el jamón guardado en la heladera toma un color blanquecino y básicamente ninguna persona dispondría de los implementos para ese despliegue diario de trabajar e ir al almacén a comprar las cosas.